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Bienvenido - carta muy interesante - leala

 

Tabla de ‘Abdu’l-Bahá dirigida al Dr. Augusto-Forel

Traducción aprobada por el

Panel Internacional de Traducción de Literatura Bahá’í al Español

29 de agosto 2007

 

Tabla de ‘Abdu’l-Bahá dirigida al Dr. Augusto Forel[1]

 

 

¡Oh  ilustre personaje, amante de la verdad! Se ha recibido su carta de fecha 28 de julio de 1921[2]. El contenido de ésta ha resultado ser muy grato y revelador de que, gracias a Dios, aún es joven, busca la verdad, el poder de su pensamiento es fuerte y están manifiestos los descubrimientos de su mente.

Numerosos ejemplares de la epístola que dirigí al Dr. F. se difundieron por doquier, siendo del dominio público que ésta se reveló en el año 1910. Además, se escribieron antes de la guerra muchas epístolas sobre el mismo tema, e igualmente se hace referencia a estas mismas cuestiones en el Journal de la Universidad de San Francisco, cuya fecha se conoce fuera de toda duda.[3] De igual modo, los filósofos de amplias miras han prodigado sus alabanzas sobre el discurso que de modo elocuente se pronunció en la citada Universidad[4]. Adjuntamos a esta carta un ejemplar de ese periódico. Sus obras sin duda son de gran utilidad, por lo que en caso de que se publiquen, le rogamos que nos envíe un ejemplar de cada una.

Por materialistas, cuya creencia con relación a la Divinidad ya se ha explicado, no se alude a los filósofos en general, sino más bien a ese grupo de materialistas de visión estrecha que adoran lo que perciben a través de los sentidos, que dependen únicamente de los cinco sentidos y cuyo criterio de conocimiento se limita a lo que puede percibirse por los sentidos. Todo lo que puede sentirse es para ellos real, en tanto que todo cuanto excede el poder de los sentidos es o bien irreal o bien dudoso. La existencia de la Deidad la consideran completamente dudosa.

Es como ha escrito usted: no son los filósofos en general, sino los materialistas de miras estrechas a los que nos referimos. En cuanto a los filósofos deístas, tales como Sócrates, Platón y Aristóteles, son en realidad dignos de estima y de la mayor alabanza, ya que han prestado distinguidos servicios a la humanidad. De igual modo, tenemos en estima a los consumados filósofos materialistas moderados que han sido de utilidad para la humanidad.

Consideramos el conocimiento y la sabiduría como la base del progreso de la humanidad, y ensalzamos a los filósofos dotados de visión amplia. Puede Ud. leer atentamente la Revista de la Universidad de San Francisco para que le sea revelada la verdad.

Ahora bien, con respecto a las facultades mentales, ellas son en verdad propiedades inherentes al alma, del mismo modo que la radiación de la luz constituye la propiedad esencial del sol. Los rayos solares se renuevan, pero el sol en sí es siempre el mismo y permanece inalterado. Considera cómo se desarrolla y debilita el intelecto humano, y cómo a veces puede reducirse a la nada, en tanto que el alma no cambia. Para que la mente se manifieste, el cuerpo humano debe estar sano; y una mente sana no puede hallarse sino en un cuerpo sano, en tanto que el alma no depende del cuerpo. Es por el poder del alma que la mente comprende, imagina y ejerce su influencia, en tanto que el alma es un poder libre. La mente comprende lo abstracto con la ayuda de lo concreto, mas el alma posee ilimitadas manifestaciones propias. La mente está circunscrita, el alma es ilimitada. Es con ayuda de sentidos tales como la vista, el oído, el gusto, el olfato y el tacto que la mente llega a comprender, en tanto que el alma está libre de todo intermediario. El alma, tal como usted ha observado, ya sea en estado de sueño o de vigilia, se encuentra en movimiento y siempre activa. Es posible que, durante un sueño, desentrañe un problema intrincado al que en  estado de vigilia no le encontraba solución. Además, cuando los sentidos dejan de funcionar, la mente no tiene la capacidad de comprender, y en la etapa embrionaria y en la primera infancia el poder del razonamiento está totalmente ausente, en tanto que el alma siempre está dotada con toda su fuerza. En resumen, son muchas las pruebas que apuntan al hecho de que, pese a la pérdida del raciocinio, el poder del alma continúa siempre existiendo. Sin embargo, el espíritu posee varios grados y categorías.

En cuanto a la existencia del espíritu en el mineral: es indudable que los minerales están dotados de un espíritu y una vida acordes con los requisitos de esa etapa. Este secreto desconocido también se ha vuelto conocido para los materialistas, quienes ahora sostienen que todos los seres están dotados de vida, tal como lo afirma Él en el Corán: “Todas las cosas tienen vida”.

Asimismo, en el mundo vegetal existe el poder de crecimiento, y ese poder de crecimiento es el espíritu. En el mundo animal existe la percepción sensorial, mas en el mundo humano existe un poder omnímodo. En todas las etapas precedentes está ausente el poder de la razón, mas el alma existe y se revela. La percepción sensible no entiende al alma, en tanto que el poder de raciocinio de la mente demuestra su existencia.

Del mismo modo, la mente demuestra la existencia de una Realidad invisible que abarca a todos los seres, que existe y se revela en todas las etapas, y cuya esencia excede al alcance de la mente. Así, el mundo mineral no entiende ni la naturaleza ni las perfecciones del mundo vegetal; el mundo vegetal no entiende la naturaleza del mundo animal, ni el mundo animal comprende la naturaleza de la realidad del hombre, la cual descubre y abarca todas las cosas.

El animal es cautivo de la naturaleza y no puede transgredir sus normas y leyes. Sin embargo, en el hombre hay un poder de descubrimiento que trasciende el mundo de la naturaleza, controla sus leyes e interviene en ellas. Por ejemplo, todos los minerales, plantas y animales son cautivos de la naturaleza. El propio sol, con toda su majestad, es a tal punto servil a la naturaleza que carece de voluntad propia y no puede desviarse ni un ápice de sus leyes. De igual modo, todos los demás seres, ya pertenezcan a los mundos mineral, vegetal o animal, no pueden desviarse de las leyes de la naturaleza; al contrario, todos son sus esclavos. Sin embargo, el hombre, aunque es corporalmente cautivo de la naturaleza, con todo, está libre en su mente y alma, y domina la naturaleza.

Considere que, de acuerdo con las leyes de la naturaleza, el hombre vive, se mueve y existe en esta tierra; empero, su alma y mente intervienen en las leyes naturales, y, cual pájaro, vuela por el aire, surca velozmente los mares, y cual pez bucea en las profundidades para descubrir lo que hay en ellas.   En verdad, es ésta una gravísima derrota infligida a las leyes de la naturaleza.

Así ocurre con el poder de la energía eléctrica: ¡esa fuerza violenta y desenfrenada que hiende montañas es aprisionada por el hombre en una bombilla! Ello constituye una manifiesta intervención en las leyes de la naturaleza. Asimismo, el hombre descubre los secretos ocultos de la naturaleza, que de conformidad con sus leyes han de permanecer encubiertos, y los traslada del plano invisible al visible. Ello también significa intervenir en la ley natural. De modo análogo, descubre las propiedades inherentes  a las cosas, que son los secretos de la naturaleza. También saca a la luz acontecimientos del pasado que la memoria ha olvidado y prevé, con su poder de deducción, acontecimientos futuros todavía desconocidos. Además, la comunicación y los hallazgos están limitados por las leyes de la naturaleza a distancias cortas, en tanto que el hombre, mediante ese poder interior que descubre la realidad de todas las cosas, conecta el Oriente con el Occidente. También esto constituye una intervención en las leyes de la naturaleza. Asimismo, de acuerdo con la ley de la naturaleza todas las sombras son fugaces, en tanto que el hombre las fija en una placa, lo que también significa intervenir en una ley natural. Si piensa y reflexiona, verá que todos los oficios, ciencias, artes, invenciones y descubrimientos fueron otrora secretos de la naturaleza que, de conformidad con sus leyes, habían de permanecer ocultos; no obstante, el hombre mediante su poder de descubrimiento interviene en las leyes de la naturaleza y traslada estos secretos ocultos del plano invisible al plano visible. Una vez más ello significa intervenir en las leyes naturales.

En resumen, esa facultad interior del hombre, invisible al ojo, le arrebata la espada de las manos a la naturaleza para asestarle a ésta un duro golpe. Todos los demás seres, por grandes que sean, están desprovistos de semejantes perfecciones. El hombre tiene los poderes de la voluntad y el entendimiento, mas no así la naturaleza. Ésta se halla restringida, en tanto que el hombre es libre. La naturaleza carece de la facultad del entendimiento, pero el hombre es capaz de comprender. La naturaleza es inconsciente de los acontecimientos del pasado, mas el hombre es consciente de ellos. La naturaleza no prevé el futuro; el hombre, mediante el poder del discernimiento, ve lo que va a suceder. La naturaleza no tiene conciencia de sí misma, mientras que el hombre tiene conocimiento acerca de todas las cosas.

Si alguien supusiera que el hombre no es sino una parte del mundo de la naturaleza, y que por estar dotado de estas perfecciones que no son sino manifestaciones del mundo natural, la naturaleza es la originadora de estas perfecciones y no está privada de ellas, le responderíamos diciendo: la parte depende del todo; la parte no puede poseer perfecciones de las que carezca el todo.

Por naturaleza se quiere decir las propiedades inherentes a las cosas y las relaciones necesarias derivadas de las realidades de las mismas. Y estas realidades de las cosas, a pesar de su enorme diversidad, permanecen con todo íntimamente ligadas entre sí. Se requiere un medio unificador que vincule a cada una de estas diversas realidades con las demás. Por ejemplo, los diversos órganos y miembros, las partes y elementos que constituyen el cuerpo humano, aunque contrapuestos, están todos conectados entre sí merced a ese medio integrador de todo que es conocido como el alma humana, que hace que ellos funcionen en perfecta armonía y con absoluta regularidad, posibilitando así la continuidad de la vida. Sin embargo, el cuerpo humano es por completo inconsciente de ese medio unificador de todo, pese a lo cual actúa con regularidad y desempeña sus funciones de acuerdo con la voluntad de aquél.

Ahora bien, con respecto a los filósofos, pertenecen éstos a dos escuelas. Así, Sócrates el sabio creía en la unidad de Dios y en la existencia del alma después de la muerte; y puesto que su opinión era contraria a la de sus coetáneos de estrechas miras, éstos envenenaron a aquel divino sabio. Todos los filósofos divinos y hombres de sabiduría y comprensión, al observar esta infinitud de seres, han considerado que en este universo grande e infinito todas las cosas concluyen en el reino mineral, que el resultado del reino mineral es el reino vegetal, que el resultado del reino vegetal es el reino animal y que el desenlace del reino animal es el mundo del hombre. La consumación de este universo ilimitado con toda su grandeza y gloria sería el propio hombre, quien en este mundo del ser trabaja laboriosamente y padece durante un tiempo, afrontando males y dolencias diversas para, en definitiva, desintegrarse sin dejar rastro ni fruto tras de sí. Si así fuera, no cabría duda de que este universo infinito, con todas sus perfecciones, habría terminado en impostura y engaño, sin resultado alguno, sin fruto, sin permanencia ni efecto. Carecería de todo significado en absoluto. Así, han quedado convencidos de que ése no es el caso, de que este Gran Taller, con todo su poder, su pasmosa magnificencia y sus perfecciones ilimitadas, no puede quedar finalmente reducido a la nada. Es seguro, por tanto, que existe otra vida y que, así como el reino vegetal es inconsciente del mundo humano, también nosotros desconocemos la Gran Vida postrera que ha de seguir a la vida del hombre en esta tierra. Empero, nuestra incomprensión de esa vida no es prueba de su inexistencia. Por ejemplo, el reino mineral es completamente desconocedor del mundo humano y no puede comprenderlo; mas la ignorancia de una cosa no constituye prueba de su inexistencia. Abundan las pruebas concluyentes que vienen a demostrar que este mundo infinito no puede terminar en la vida humana.

Asimismo, en lo que respecta a la Esencia de la Divinidad: en verdad, de ninguna manera se determina por nada que no sea su propia naturaleza, y no puede en absoluto comprenderse. Pues todo cuanto es concebible por el hombre constituye una realidad acotada y no ilimitada; está circunscrita y no es omnímoda. Puede ser comprendida por el hombre, y es controlada por él. De modo similar, es seguro que todas las concepciones humanas son contingentes, no absolutas; poseen una existencia mental, no material. Además, la diferenciación de niveles en el mundo contingente representa un obstáculo para el entendimiento. ¿Cómo puede lo contingente concebir la Realidad de lo absoluto? Tal como mencionamos anteriormente, la diferenciación de niveles en el plano contingente constituye un obstáculo para la comprensión. Los minerales, las plantas y los animales están desprovistos de las facultades mentales humanas que descubren las realidades de todas las cosas; mas el hombre comprende todas las etapas inferiores a él. Toda etapa superior comprende a la que es inferior y descubre su realidad, mas la etapa inferior es inconsciente de la que es superior a ella y no puede comprenderla. Así, el hombre no puede entender la Esencia de la Divinidad, pero, por su poder de raciocinio, mediante la observación, por sus facultades de intuición y el poder revelador de su fe, puede creer en Dios y descubrir los dones de Su Gracia. Llega a estar seguro de que, si bien la Esencia divina es invisible al ojo y la existencia de la Deidad es intangible, hay pruebas espirituales concluyentes que declaran la existencia de esa Realidad invisible. Sin embargo, la Esencia divina es de suyo indescriptible. Por ejemplo, la naturaleza del éter es desconocida; pero es seguro que existe por los efectos que produce: el calor, la luz y la electricidad son sus ondas. Estas ondas prueban la existencia del éter. Y cuando consideramos las efusiones de la Gracia divina nos aseguramos de la existencia de Dios. Por ejemplo, observamos que la existencia de los seres depende de la reunión de varios elementos, y su inexistencia, de la descomposición de sus elementos constituyentes. Pues la descomposición causa la disociación de los diversos elementos. Así, según puede verse, la reunión de los elementos origina la existencia de los seres, y como se sabe que los seres son infinitos, siendo ellos el efecto, ¿puede acaso la Causa ser finita?

Ahora bien, la formación es de tres clases y solamente de tres clases: accidental, necesaria y voluntaria. La reunión de los diversos elementos constituyentes de los seres no puede ser accidental, pues para todo efecto debe existir una causa. No puede ser obligatoria, pues entonces la formación debería ser una propiedad inherente a las partes constituyentes y la propiedad inherente a una cosa en ningún modo puede desvincularse de ella, así como la luz revela las cosas, el calor hace expandirse los elementos y los rayos solares son la propiedad esencial del sol. Así, en tales circunstancias sería imposible la descomposición de cualquier formación, pues las propiedades inherentes a una cosa son inseparables de ella. Queda la tercera formación, que es la voluntaria, es decir: una fuerza invisible, descrita como el Antiguo Poder, hace que estos elementos se reúnan, originando cada formación un ser diferenciado.

En cuanto a los atributos y perfecciones tales como la voluntad, el conocimiento, el poder y otros clásicos atributos que asignamos a esa Realidad divina, son éstos los signos que reflejan la existencia de seres en el plano visible y no las perfecciones absolutas de la divina Esencia, las cuales no pueden comprenderse. Por ejemplo, al considerar las cosas creadas observamos infinitas perfecciones, y como las cosas creadas se hallan en la máxima regularidad y perfección, inferimos que el Antiguo Poder, del cual depende la existencia de esos seres, no es ignorante; en consecuencia decimos que es Omnisciente. Es seguro que no es débil, luego tiene que ser Omnipotente; no es pobre, tiene que ser Poseedor de todo, y no es inexistente, sino Perpetuo. Nuestra intención es demostrar que estos atributos y perfecciones que atribuimos a la Realidad Universal son sólo con el fin de negar las imperfecciones, antes que para afirmar las perfecciones que pueda concebir la mente humana. Por eso afirmamos que Sus atributos son incognoscibles.

En conclusión, esa Realidad Universal con todas sus cualidades y atributos que hemos referido está muy por encima de toda mente y comprensión. Sin embargo, cuando reflexionamos con mente abierta sobre este universo infinito, observamos que es imposible que haya movimiento sin fuerza motriz ni efecto sin causa; que todas las cosas han llegado a existir bajo numerosas influencias y que de continuo experimentan reacciones. Estas influencias, a su vez, se forman por la acción de otras influencias. Por ejemplo, las plantas crecen y florecen con las efusiones de las lluvias primaverales, en tanto que la propia nube se forma por efecto de otros medios, los que a su vez son afectados por otros medios más. Por ejemplo, las plantas y animales crecen y se desarrollan por la influencia de lo que los filósofos contemporáneos denominan hidrógeno y oxígeno y son influidos por los efectos de estos dos elementos; éstos a su vez se forman por otras influencias. Lo mismo cabe decir de otros seres que o bien afectan a otras cosas o son a su vez afectados. Semejante concatenación de causas prosigue sin cesar; mas sostener que este proceso continúa en forma indefinida es manifiestamente absurdo. Por consiguiente, esa concatenación de causas debe conducir finalmente a Aquel que es el Perdurable, el Omnipotente, Quien depende de Sí mismo y es la Causa última. Esta Realidad universal no puede percibirse ni verse. Así ha de ser forzosamente, pues es Omnímoda y no está limitada, y tales atributos califican al efecto, no a la causa.

Al reflexionar, observamos que el hombre es como un diminuto organismo contenido dentro de un fruto. El fruto se ha desarrollado a partir de una flor; la flor ha brotado de un árbol; el árbol es sostenido por la savia, y la savia se forma a partir de la tierra y el agua. ¿Cómo puede ese diminuto organismo comprender la naturaleza del jardín, hacerse una idea del jardinero o comprender su ser? Tal cosa es manifiestamente imposible. Si ese organismo entendiera y reflexionara, observaría que este jardín, este árbol, esta flor y este fruto en modo alguno han sido creados por sí mismos con tal orden y perfección. De modo similar, el alma sabia y reflexiva ha de saber con seguridad que este universo infinito, con toda su grandeza y perfecto orden, no puede haberse creado por sí mismo.

De modo similar, en el mundo del ser existen fuerzas invisibles para los ojos, tales como la fuerza del éter previamente mencionada, que no pueden ni percibirse ni verse. No obstante, por los efectos que produce, es decir, sus ondas y vibraciones, surgen y se hacen evidentes la luz, el calor y la electricidad. Otro tanto cabe decir del poder del crecimiento, el la percepción sensorial, la comprensión, el pensamiento, la memoria, la imaginación y el discernimiento: todas estas facultades internas son invisibles para el ojo y no pueden percibirse con los sentidos; empero son todas evidentes por los efectos que producen.

Por otra parte, en cuanto al Poder infinito que no sabe de limitaciones: la limitación misma prueba la existencia de lo ilimitado, pues lo limitado se conoce por lo ilimitado, de igual modo que la debilidad misma prueba la existencia de la fuerza; la ignorancia, la existencia del conocimiento, y la pobreza, la existencia de la riqueza. Sin riqueza no habría pobreza; sin conocimiento no habría ignorancia, y sin luz no habría oscuridad. La oscuridad misma prueba la existencia de la luz, pues la oscuridad es ausencia de luz.

En cuanto a la naturaleza, no es sino las propiedades esenciales de las cosas y las relaciones necesarias inherentes a sus realidades. Y aunque estas realidades infinitas son diversas en su carácter, con todo están en la máxima armonía y estrechamente relacionadas entre sí. Al ampliar la visión y observar el asunto cuidadosamente, se hace evidente que toda realidad no es sino el requisito esencial de otras realidades. De este modo, se hace necesario un Poder integrador que enlace y armonice estas realidades diversas e infinitas, a fin de que toda parte del ser existente desempeñe en orden perfecto la función que le es propia. Considere el cuerpo humano, y vea la parte como indicio del todo. Considere cómo estas diversas partes y miembros del cuerpo humano están estrechamente relacionados y unidos armoniosamente entre sí. Cada parte es requisito esencial de todas las demás y posee una función propia. La mente es el medio omnímodo que vincula las partes componentes entre sí de modo que cada una desempeña su función particular en un orden perfecto, posibilitando así la cooperación y la interacción. Todas las partes funcionan con sujeción a leyes que son esenciales para la existencia. Si de alguna forma se dañara ese medio unificador que dirige estas partes, no hay duda de que éstas y los demás miembros constituyentes dejarían de funcionar adecuadamente; y aunque ese medio unificador del conjunto que se halla en el templo del hombre no se sienta ni se vea y su realidad sea desconocida, por sus efectos llega a manifestarse con el máximo poder.

Así, queda probado y puesto de manifiesto que los infinitos seres de este universo maravilloso desempeñarán correctamente sus funciones sólo cuando sean dirigidos y controlados por esa Realidad universal, a fin de que se establezca el orden en el mundo. Por ejemplo, son indiscutibles y evidentes la interacción y la cooperación entre las partes constituyentes del cuerpo humano; sin embargo, ello no basta. Es menester que exista un medio unificador de todo que dirija y controle las partes componentes, a fin de que éstas, mediante interacción y cooperación, cumplan sus necesarias y respectivas funciones en perfecto orden.

Gracias a Dios, usted es plenamente consciente de que tanto la interacción como la cooperación son evidentes e irrefutables en el conjunto de todas las cosas, ya sean grandes o pequeñas. En el caso de los grandes cuerpos la interacción es tan clara como el sol, en tanto que en el caso de los corpúsculos, aunque se desconozca la interacción, la parte es un indicio del todo. Por tanto, todas estas interacciones están relacionadas con ese poder omnímodo que es su eje, su centro, su fuente y su fuerza motriz.

Por ejemplo, como hemos observado, está claramente demostrada la cooperación entre las partes constituyentes del cuerpo humano, y estas partes y miembros prestan servicio a todas las partes componentes del cuerpo. Por ejemplo, las manos, los pies, los ojos, los oídos, la mente, la imaginación ayudan todos a las diversas partes y miembros del cuerpo humano, mas todas estas interacciones se enlazan mediante un poder invisible y omnímodo que hace que con regularidad perfecta se produzcan estas interacciones. Se trata de la facultad interior del hombre, es decir, su espíritu y su mente, que son ambos invisibles.

Considere similarmente la maquinaria y los talleres, así como la interacción que existe entre las diversas partes y secciones componentes, y cómo están enlazadas entre sí. Sin embargo, todas esas relaciones e interacciones están conectadas a un poder central que es su fuerza motriz, su eje y su fuente. Esta fuerza central es o bien la energía del vapor, o la destreza de la mente directora.

Por tanto, ha quedado en evidencia y demostrado que la interacción, la cooperación e interrelación entre los seres se hallan bajo la dirección y la voluntad de una Potencia motriz que es el origen, la fuerza impulsora y el eje de todas las interacciones del universo.

Asimismo, designamos como accidental toda disposición y formación que no guarde un orden perfecto, en tanto que decimos que está formada mediante la voluntad y el conocimiento aquello que guarda un orden, es regular y perfecto en sus relaciones, cada una de cuyas partes está en su lugar debido y es requisito esencial de las demás partes constituyentes. No hay duda de que estos infinitos seres y las asociaciones de estos diversos elementos dispuestos en formas incontables tienen que provenir de una Realidad que de ningún modo carezca de voluntad o entendimiento. Esto está claro y está demostrado para la mente, y nadie puede negarlo. Sin embargo, con ello no se quiere decir que se haya comprendido la Realidad Universal ni sus atributos. Nadie ha comprendido ni su Esencia ni sus verdaderos atributos. Sin embargo, sostenemos que estos seres infinitos, estas relaciones necesarias, este perfecto ordenamiento deben proceder necesariamente de una fuente que no esté privada de voluntad y comprensión, y que esta composición infinita vaciada en infinitos moldes tiene que haber sido causada por una Sabiduría que lo abarca todo. Nadie lo discute salvo los obstinados y los porfiados, quienes niegan las pruebas claras e inconfundibles, y llegan a ser los destinatarios del bendito versículo: “Son sordos, mudos, ciegos y no regresarán”.

Ahora bien, respecto de la pregunta acerca de si las facultades de la mente y el alma humana son una y la misma cosa: estas facultades no son sino las propiedades inherentes al alma, como el poder de la imaginación, del pensamiento, de la comprensión; estos poderes son los requisitos esenciales de la realidad del hombre, tal como el rayo solar es una propiedad inherente al Sol. El templo del hombre es como un espejo; su alma es como el sol, y sus facultades mentales, como los rayos que emanan de esa fuente de luz. El rayo puede dejar de incidir en el espejo, pero de ningún modo puede separársele del Sol.

En breve, la cuestión es ésta: que el mundo del hombre es sobrenatural en relación con el reino vegetal, aunque en realidad no sea así. En relación con la planta, la realidad del hombre, su poder de la audición y de la visión son todos sobrenaturales, y es imposible que la planta comprenda tanto esa realidad como la naturaleza de los poderes de la mente humana. De igual modo, es totalmente imposible que el hombre comprenda la Esencia divina y la naturaleza del gran Más Allá. Sin embargo, las misericordiosas efusiones de esa divina Esencia les son concedidas a todos los seres, y le incumbe al hombre reflexionar en su corazón acerca de las efusiones de la Gracia divina, de las cuales el alma se cuenta como una más, antes que sobre la propia Esencia divina. Éste es el límite extremo de la comprensión humana. Tal como se ha mencionado previamente, estos atributos y perfecciones que relatamos acerca de la Esencia divina los inferimos de la existencia y observación de los seres, sin que ello suponga que hayamos comprendido la esencia y perfección de Dios. Al decir que la Esencia divina entiende y es libre, no queremos expresar que hemos descubierto la Voluntad y el Propósito divinos, sino más bien que hemos obtenido el conocimiento de éstos mediante la Gracia divina revelada y manifestada en las realidades de las cosas.

Ahora bien, con respecto a nuestros principios sociales, a saber, las enseñanzas de Bahá’u’lláh esparcidas por doquier hace cincuenta años; ciertamente abarcan todas las demás enseñanzas. Es claro y evidente que sin estas enseñanzas resultan del todo imposibles el progreso y el avance de la humanidad. Toda comunidad del mundo encuentra en estas Enseñanzas divinas la realización de sus máximas aspiraciones. Son estas enseñanzas como el árbol que da los mejores frutos de todos los árboles. Por ejemplo, los filósofos encuentran en estas enseñanzas celestiales la solución más perfecta a sus problemas sociales, y de modo similar una exposición noble y verdadera de materias que atañen a cuestiones filosóficas. De igual modo, los hombres de fe ven la realidad de la religión manifiestamente revelada en estas enseñanzas celestiales, y comprueban de  manera clara y concluyente que constituyen el remedio real y verdadero contra los males y dolencias de toda la humanidad. Si se difundieran estas sublimes enseñanzas, la humanidad se libraría de todos los peligros, de todos los males y enfermedades crónicas. Asimismo, los principios económicos bahá’ís constituyen la encarnación de las máximas aspiraciones de todas las clases asalariadas y de los economistas de diversas escuelas.

En resumen, todos los sectores y partidos ven cumplidas sus aspiraciones en las enseñanzas de Bahá’u’lláh. Conforme se expongan estas enseñanzas en las iglesias, las mezquitas y en otros lugares de culto, ya sean de los seguidores de Buda o de Confucio, en círculos políticos o entre los materialistas, todos darán testimonio de que estas enseñanzas confieren una vida nueva a la humanidad y constituyen el remedio inmediato para los males de la vida social. Nadie puede desaprobar ninguna de estas enseñanzas; antes bien, una vez declaradas serán todas aclamadas, y todos reconocerán su necesidad vital, exclamando: “Ciertamente, ésta es la verdad y nada hay aparte de la verdad sino error manifiesto”.

En conclusión, se han puesto por escrito estas breves palabras, y a todos han de servir como prueba clara y concluyente de la verdad. Reflexione sobre ellas en su corazón. La voluntad de todo soberano prevalece durante su reinado, la voluntad de todo filósofo encuentra expresión en un puñado de discípulos durante su vida, mas el Poder del Espíritu Santo resplandece en las realidades de los Mensajeros de Dios, y fortalece Su voluntad de modo tal que influye en una gran nación por miles de años, y regenera el alma humana y vivifica a la humanidad. ¡Considere cuán grande es este poder! Es un Poder extraordinario, y prueba del todo suficiente acerca de la veracidad de la misión de los Profetas de Dios, y evidencia concluyente del poder de la Inspiración divina.

Que la Gloria de las Glorias le acompañe.

Haifa, 21 de septiembre de 1921.

  


[1] Texto original persa publicado primero en El Cairo en 1922. La traducción inglesa fue tomada de The Baháí World, Vol. XV, pp. 37-43.

[2] Abdul-Bahá hace referencia a una carta de Forel fechada el 28 de diciembre de 1920.

[3] Abdul-Bahá alude a la conferencia que pronunció en 1912 en la Universidad Standford, Palo Alto, California, publicada en uno de los periódicos locales e incluida en la colección de Sus charlas pronunciadas en América, titulada La Promulgación de la Paz Universal.

[4] En ella Abdul-Bahá distingue la filosofía materialista y empírica del Occidente moderno de la filosofía racional estándar de los griegos y los persas, y subraya la diferencia existente entre las teorías sobre la esencia de la naturaleza y sobre el origen del hombre.

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